Tiemblas
como cuando eras niño, y unas manos, quizá la de tus padres, cayeron sobre tu cuerpo y te lastimaron.
Tiemblas,
como cuando eras niña, y unas bocas, quizá la de otras niñas, se burlaron de tu cuerpo y te lastimaron.
Tiemblas aún, quizá de noche, con tan solo recordarlo.
Todos temblamos.
Los que vienen temblarán.
Y todos temblamos, como si constantemente, nos echaran agua fría mientras estamos desnudos en la calle.
Esta tierra nos sacude, pero no nos lanza lejos, nosotros nos lanzamos a otros lugares.
Nos agita y nos explota, pero no lo suficiente.
Nos levanta por las mañanas con sus temblores, y pronto volvemos a nuestras camas para temblar como niños asustados.
La oscuridad de aquel cualquier hoyo negro parece ser mejor que cualquier rayo de sol en Abril. Porque en aquella oscuridad no seriamos observados. Porque levantarse y ver que amanece, duele infinitamente. La luz ya no es sinónimo de esperanza.
Y volvemos a temblar, ahora de día.
Temblamos y nos partimos en varios pedazos. Todo nuestro cuerpo se ha llenado de placas tectónicas que chocan a todas horas.
Temblamos y ya ni siquiera lo sentimos.
Esta tierra sí siente.
Siente cada uno de nuestros pasos, porque estos solo la dejan más rota, más reforestada, más contaminada, más ensangrentada y cansada.
Las copas de los árboles observan los aviones que se alejan llenos de niños desesperados, y los árboles dicen adiós pero nadie los ve despedirse.
Los perros ladran desde sus terrazas después de pasar días observando como todos, niños solitarios, hemos convertido en un territorio que solo espera a ser derribado por un terremoto, para así, poder descansar por siempre.